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LITURGIA DEL DOMINGO 34O. DEL T.O. (C)

20 de Noviembre de 2016

TEXTOS BÍBLICOS PARA LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

David, elegido rey que reúne y conduce a su pueblo (1a. Lect.) es figura de Cristo, que en el misterio de la cruz reúne a toda la humanidad y la guía a la salvación (Ev.) Pablo nos dice que el reino de Cristo tiene su fuerza en la debilidad de la cruz (2a. Lect.) . Nosotros, con la Liturgia, nos proponemos anunciar y trabajar por ese Reino.

PRIMERA LECTURA: 2 Sam 5:1-3

David, un pastor de ovejas, es elegido y ungido rey para conducir al pueblo de Dios. Un Nuevo pastor, Jesús, será el que hará de la humanidad un solo pueblo reconciliándolo con Dios por medio de su propia sangre.

SALMO RESPONSORIAL: Sal. 121: 1-2, 3-4, 4-5

R/ VAMOS ALEGRES A LA CASA DEL SEÑOR

  1. Me puse alegre cuando me dijeron: ¡Vamos a la casa del Señor!
    Ahora nuestros pasos se detienen delante de tus puertas, Jerusalén. R/
     
  2. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, la asamblea de Israel.
    Para alabar el nombre del Señor.
    Pues allí están las cortes de justicia, los ministerios de la casa de David. R/

 

SEGUNDA LECTURA: Col 1: 12-20

Jesús nos ha perdonado y nos ha mostrado el camino de la santidad. Nuestro trabajo es andar ese camino y transformar este mundo en el Reino de los Cielos.

ALELUYA: Mc 11:9, 10

Aleluya, aleluya. Bendito el que viene en nombre del Señor, bandito el reino que llega, el de nuestro padre David. Aleluya.


EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS: Lc 23: 35-43


Ante la cruz de Jesús hay tres reacciones negativas: la del pueblo, la de los jefes y la de los soldados. No pueden comprender una muerte y una entrega por amor. Pero hay también un “buen ladrón” que la comprende y la proclama. Esas posturas también existen hoy. Escuchando la lectura del Evangelio pensemos a cual de todos estos personajes nos parecemos nosotros.


CRISTO REY (C)

 


Sabemos que el Antiguo Testamento nos entrega la Palabra de Dios. Reconocemos también que el Nuevo Testamento nos narra la historia de la Palabra de Dios, que se hace hombre. En ese sentido, todo el Antiguo Testamento no es sólo una profecía que se realiza en el Nuevo, sino también una revelación divina que llega a su perfección en lo que el Nuevo Testamento nos enseña. La fiesta litúrgica de Cristo Rey nos invita a sacar la conclusión de esas verdades.


Ya la primera lectura de la liturgia de hoy relaciona explícitamente la realeza de Jesús con la de Israel, y más en particular, con la persona de David su padre. “Hijo de David” es un título que el Nuevo Testamento da al Señor (Mt. 20, 29-31; Lc. 18, 38-39 etc.). Y David es el Rey de Israel. El Señor Jesús hereda este título y lo supera. Porque el Rey David encarna simplemente la relación que Dios establece con él, con su descendencia y con su Pueblo (2Sam.7,1-7). En cambio, el Señor Jesús es Rey del universo, porque él es el Hijo amado del Padre, que supera totalmente el significado por el que David es hijo de Dios.


El Pueblo de Israel recibe, reconoce y actúa de acuerdo con lo que la Palabra de Dios ha determinado. “Hueso y carne tuya somos” dicen a David los representantes del Pueblo. La relación entre Israel y su Rey es semejante a la relación entre el hombre y la mujer de la primera creación. Ellos también son una sola carne. El rey de Israel es el esposo de su Pueblo, que es como su carne y sus huesos. Eso significa la alianza de Dios con su Pueblo, el hecho de que el Rey será el representante de Dios como Pastor de su Pueblo. El Nuevo Testamento lleva ese significado a su perfección: Aún más que David, el Señor Jesús es el Rey-Esposo de su Pueblo (Mt. 9,14-17; Jo. 3, 29-30; Ap. 19,6-8, 21-22).


Hemos dado expresión, lo más sencillamente posible, a la doctrina de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura, sobre Jesucristo Rey del universo. Como David es el esposo de Jerusalén, Jesucristo es el esposo del Pueblo de Dios que es la Iglesia. Además, como Hijo del Padre Celestial, es el Rey del universo. Ahora trataremos de entender algo sobre esa doctrina.


Jesucristo es, pues, el esposo del Pueblo de Dios, que en el Nuevo Testamento es la Iglesia. En el Apocalipsis, el Pueblo de Dios se compara a una esposa que se engalana para su esposo, que es el Señor (21,1-2). De allí brotan varias preguntas. La Iglesia somos nosotros, un enorme grupo compuesto de hombres y mujeres. ¿Qué significa ese matrimonio de que habla la Sagrada Escritura? En primer lugar pongamos atención al hecho, normal en la vida humana, de la unión entre el esposo y la esposa, la unión de los cuerpos y los corazones que se da en un matrimonio verdaderamente genuino. Pero la unión de un ser humano con Jesucristo es de una naturaleza distinta. Es una unión espiritual, ya sea con un hombre o con una mujer, en que el cuerpo también participa de alguna manera. Después de la muerte, nuestra unión con Jesucristo será una unión con la Santísima Trinidad, unión que se identifica con la felicidad eterna. Esa unión empieza en este mundo, cuando recibimos la fe en el bautismo. Esa fe, que contiene a la Trinidad, es de un contenido infinito pero es obscura. No la podemos entender ni percibir en su plenitud. Sólo después de esta vida, lo que creíamos por la fe se convertirá en la visión de Dios, que comunica la vida eterna.


Además, en este mundo, la vida de los esposos da al mundo una nueva vida humana, que exige el ejercicio de la sexualidad. Pero hay una descendencia en que no es necesario tal ejercicio. En ese sentido, el Hijo de Dios nace de su Padre Celestial, y en la esfera humana, el Hijo del Padre Celestial nace, como hombre de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo. En la vida cristiana, una mujer que hace votos religiosos, sacrifica a Dios su capacidad de ser madre en este mundo. Pero su vida consagrada, por gracia del Espíritu Santo, la hará madre de muchos hijos que, gracias a su consagración nacerán para la vida eterna. Podemos decir algo semejante del hombre que se consagra con votos religiosos, y del hombre y de la mujer que, siguiendo la voluntad de Dios, viven su vida en el celibato.


Todo esto ilumina de alguna manera el hecho de que Jesucristo es el Esposo de su Pueblo. Pero también es Rey, y trataremos de entender algo sobre esa realeza. En todos los tiempos, la vida humana exige un orden en la sociedad humana. Ese orden es producto de la razón humana. En la mañana, el padre de familia se va a su trabajo; la mamá se va de compras a la tienda o al mercado. Eso es posible gracias a un orden económico, necesario para la vida humana. Los niños se van a la escuela. Eso es posible gracias a un orden cultural, que se preocupa de la educación. Sobre el orden económico y cultural brota el orden político, que trata de ayudar el buen funcionamiento de los demás órdenes. Para un hombre sin fe, eso es suficiente para la vida humana. Pero no lo es. Porque todos esos órdenes son producto de la razón humana. Y la razón es débil, comete errores, y esos errores, en lugar de ayudar, pueden arruinar a los demás órdenes.


Es necesario que la razón sea ayudada por el Espíritu Santo, y eso es fruto de la oración. Gracias a la oración y a la ayuda del Espíritu Santo emerge un orden que penetra y transforma a todos los demás. Y ese orden no es otra cosa que el Reino de Dios, cuyo Rey es Jesucristo. Jesucristo-Esposo, gracias al Espíritu Santo, transforma la interioridad de los hombres. Jesucristo Rey, por medio de esas interioridades transformadas, transforma a la sociedad y a la vida humana. En otras palabras, la fiesta de Cristo Rey es una invitación a los hombres para que transformen sus vidas y transformen también su sociedad. Cuando esa invitación es aceptada y realizada, se va formando en la tierra el Reino de Dios, en el que la voluntad de Dios se cumple en la tierra como se cumple en el Cielo.


En ese contexto, la tarea del cristiano es convertir su vida, con la ayuda del Espíritu Santo, en una oración que lo transforme todo, según la voluntad de Dios. Nuestra Madre Santísima nos ayudará también a realizar esa tarea divina.


J.E. Pérez Valera S.J.
 

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