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Tercer Domingo de Pascua

 

Domingo 18 de abril 2021

Conversión. La pascua nos llama a ella. Jesús resucitado manda a sus discípulos a predicar la conversión y el perdón de los pecados. Pedro termina su discurso exhortando a la conversión. Juan presenta a Cristo como víctima propicia para conseguirla.

 

ORACIÓN COLECTA

Oh Dios, fuente de salvación, que por la resurrección de Cristo has liberado al mundo del dominio del pecado y de la muerte, fortalece con tu palabra a los que has llamado y unido para formar un solo pueblo, y ayúdanos a ser testimonios de la resurrección del Señor. Por nuestro Señor Jesucristo


PRIMERA LECTURA Hch. 3:13~15, 17~19

San Pedro habla a los israelitas después de la resurrección de Jesús. Sus palabras, como todas las palabras del evangelio, están dirigidas también a cada uno de nosotros.


SALMO RESPONSORIAL

R/ HAZ BRILLAR SOBRE NOSOTROS EL RESPLANDOR DE TU ROSTRO.

¡ Cuando llamo, respóndeme, Dios mi defensor!
En la angustia tú me das sosiego:
ten compasión de mí y escucha mi oración. R/

Sepan que por mí maravillas hace el Señor,
tan pronto como lo llamó, él me escuchó. R/

Muchos dicen: “¿Quién nos hará ver la dicha?
¡muéstranos Señor tu rostro alegre! R/

En paz me acuesto y enseguida me duermo,
porque tú sólo, Señor, me das seguridad. R/

 

SEGUNDA LECTURA 1 Jn 2:1~5

Amar a Dios es cumplir sus mandamientos pero sin olvidarnos nunca de que Dios está dispuesto a perdonar todas las faltas que cometamos.

ALELUYA Lc 24:32

Señor Jesús, explícanos las Escrituras. Enciende nuestro corazón mientras nos hablas. Aleluya

 

EVANGELIO Lc 24:35~48

La resurrección de Jesús es una noticia tan hermosa que cuesta trabajo creerla. Es necesario que el Señor nos muestre una y otra vez y con paciencia, nos vaya abriendo el corazón a la paz y a la esperanza de la Pascua.


Mirad Y Palpad

La liturgia continúa hablándonos hoy de la resurrección de Cristo y, en particular, de una manifestación del Resucitado a los apóstoles en el Cenáculo. La primera lectura es una parte del discurso de Pedro tras la curación del lisiado, donde proclama la resurrección de Jesús.

El evangelio vuelve a llevarnos al Cenáculo, donde Jesús se manifiesta a los Once, dirigiéndoles, en primer lugar, este saludo: “¡Paz a vosotros!”. El Resucitado nos trae la paz, precisamente porque nos da la remisión de los pecados, la reconciliación con Dios. No se trata sólo de la paz interior, sino también de la paz entre las personas.

Lucas relata este episodio insistiendo mucho en el realismo de la resurrección. En efecto, no se trata aquí simplemente de una aparición del alma de Jesús, sino de una verdadera manifestación con su cuerpo resucitado.

Jesús se da cuenta de que los apóstoles están turbados y son presa de la duda cuando le ven, precisamente porque no tienen ninguna idea de la resurrección: piensan que ésta es imposible. Por eso Jesús les dice: “Mirad mis manos y mis pies, que soy el mismo”. Les muestra sus llagas como marcas de su identidad. No les dice: “Mirad mi rostro”, sino “Mirad mis manos y mis pies, que soy el mismo. Tocad y ved”.

Los discípulos piensan que está viendo un fantasma, pero Jesús resucitado no es un fantasma: es un hombre con cuerpo y alma. Por eso dice a los discípulos: “Tocad y ved, que un fantasma no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo”.

 

Y puesto que eso no parece bastarles, les pregunta: “¿Tenéis algo de comer?”. Los discípulos le ofrecen un trozo de pescado asado; Jesús lo coge y se lo come.

La insistencia de Jesús en la realidad de su resurrección ilumina la perspectiva bíblica sobre el cuerpo. Se trata de una perspectiva muy diferente de la griega. Los griegos habían llegado a la afirmación de la inmortalidad del alma, y esto había constituido, sin duda, un gran progreso en el pensamiento filosófico. Sin embargo, consideraban el cuerpo como un obstáculo para el alma. Para algunos de ellos el cuerpo era como una tumba o una cárcel para el alma. El cuerpo es un peso para el alma; de ahí que el alma debe liberarse de él, y sólo de este modo podrá alcanzar su plena dignidad.

La perspectiva bíblica, en cambio, es muy diferente. Para la Biblia, el cuerpo ha sido creado por Dios, y el hombre no está completo si no es unión de cuerpo y alma. En consecuencia, la victoria de Jesús sobre la muerte no consiste en permanecer unido a Dios con su alma inmortal, sino en recibir de nuevo su cuerpo unido a su alma, en una existencia que, como es obvio, es muy diferente de nuestra existencia terrena. De este modo, la victoria sobre la muerte es verdaderamente completa: Jesús resucitó en cuerpo y alma.

Esto nos hace comprender que debemos tener una idea muy positiva de nuestro cuerpo. Es cierto que el cuerpo puede ser para nosotros ocasión de pecado; pero, en realidad, no es el cuerpo el que provoca el pecado, sino nuestra debilidad psicológica y moral. El cuerpo es de por sí un magnífico instrumento que Dios ha puesto a nuestra disposición para que podamos vivir nuestra vida en plenitud. Y debemos tenerle un gran respeto, porque ha sido creado por Dios. Debemos cuidarlo de una manera equilibrada, y reconocer en verdad que el hombre no es tal si no es unión de cuerpo y alma.

Tras haber mostrado a los discípulos que ha resucitado de verdad con su cuerpo, Jesús, para fundamentar su fe, se refiere a las palabras que había dicho antes de morir y la palabra de Dios en el Antiguo Testamento: “Esto es lo que decía cuando todavía estaba con vosotros”. Estas palabras se referían a las profecías: “Que tenía que cumplirse en mí todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y los salmos”.

Luego Jesús les da la misión de extender por el mundo su resurrección. Afirma el Resucitado: “En su nombre se predicaría penitencia y perdón de pecados a todas las naciones”.

 

La liturgia de hoy nos invita a reforzar nuestra actitud fundamental de fe en el Cristo resucitado, de fe en su victoria sobre todas las fuerzas del mal, y de adhesión a su voluntad salvífica. Jesús desea comunicarnos su victoria sobre el mal y hacernos progresar en su amor. Nosotros debemos desarrollar esta actitud fundamental por nuestra parte, sabiendo que es algo esencial para nuestra vida cristiana.

Termino con una poesía de la Conferencia Episcopal de México en 1973 titulada:

 

Ya no temo, Señor, la tristeza

Ya no temo, Señor, la tristeza,
ya no temo, Señor, la soledad;
porque eres, Señor, mi alegría,
tengo siempre tu amistad.
Ya no temo, Señor, a la noche,
ya no temo, Señor, la oscuridad;
porque brilla tu luz en las sombras
ya no hay noche, tú eres luz.
Ya no temo, Señor, los fracasos,
ya no temo, Señor, la ingratitud;
porque el triunfo, Señor, en la vida
tú lo tienes, tú lo das.
Ya no temo, Señor, los abismos,
ya no temo, Señor, la inmensidad;
porque eres, Señor, el camino
y la vida, la verdad.

j.v.c. 

 

 

 
 
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