See other templates

 

Acoger Una Nueva Vida

La familia es el ámbito no sólo de la generación sino de la acogida de la vida que llega como regalo de Dios.

Cada nueva vida «nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, que jamás deja de sorprendernos.

Es la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen»[177].

Esto nos refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, porque los hijos «son amados antes de haber hecho algo para merecerlo»[178].

Sin embargo, «numerosos niños desde el inicio son rechazados, abandonados, les roban su infancia y su futuro.

Alguno se atreve a decir, casi para justificarse, que fue un error hacer que vinieran al mundo.

¡Esto es vergonzoso! [...] ¿Qué hacemos con las solemnes declaraciones de los derechos humanos o de los derechos del niño, si luego castigamos a los niños por los errores de los adultos?»[179].

Si un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas, los padres, u otros miembros de la familia, deben hacer todo lo posible por aceptarlo como don de Dios y por asumir la responsabilidad de acogerlo con apertura y cariño.

Porque «cuando se trata de los niños que vienen al mundo, ningún sacrificio de los adultos será considerado demasiado costoso o demasiado grande, con tal de evitar que un niño piense que es un error, que no vale nada y que ha sido abandonado a las heridas de la vida y a la prepotencia de los hombres»[180].

El don de un nuevo hijo, que el Señor confía a papá y mamá, comienza con la acogida, prosigue con la custodia a lo largo de la vida terrena y tiene como destino final el gozo de la vida eterna.

Una mirada serena hacia el cumplimiento último de la persona humana, hará a los padres todavía más conscientes del precioso don que les ha sido confiado.

En efecto, a ellos les ha concedido Dios elegir el nombre con el que él llamará cada uno de sus hijos por toda la eternidad[181]. 

Las familias numerosas son una alegría para la Iglesia. En ellas, el amor expresa su fecundidad generosa. Esto no implica olvidar una sana advertencia de san Juan Pablo II, cuando explicaba que la paternidad responsable no es «procreación ilimitada o falta de conciencia de lo que implica educar a los hijos, sino más bien la facultad que los esposos tienen de usar su libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta tanto las realidades sociales y demográficas, como su propia situación y sus deseos legítimos»[182].

 

 

(Tomado de la Exhortación Apostólica sobre el Amor en la Familia)

 

 
1467348

Te esperamos en el Centro Loyola

Actividades del Centro Loyola

Volver