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Liturgia del 3er Domingo de Adviento (A)

11 de diciembre de 2016

 

 

Textos Bíblicos para la Liturgia Eucarística:

La liturgia del tercer domingo de Adviento subraya de modo particular la alegría por la llegada de la época mesiánica. Se trata de una cordial y sentida invitación para que nadie desespere de su situación, por difícil que ésta sea, dado que la salvación se ha hecho presente en Cristo Jesús. El profeta Isaías, en un bello poema, nos ofrece la bíblica imagen del desierto que florece y del pueblo que canta y salta de júbilo al contemplar la Gloria del Señor. Esta alegría se comunica especialmente al que padece tribulación y está a punto de abandonarse a la desesperanza. El salmo 145 canta la fidelidad del Señor a sus promesas y su cuidado por todos aquellos que sufren. Santiago, constatando que la llegada del Señor está ya muy cerca, invita a todos a tener paciencia: así como el labrador espera la lluvia, el alma espera al Señor que no tardará. El Evangelio, finalmente, pone de relieve la paciencia de Juan el Bautista quien en las oscuridades de la prisión es invitado por Jesús a permanecer fiel a su misión hasta el fin.

 

PRIMERA LECTURA Is 35: 1-6, 10

Isaías canta el himno de la restauración: himno de alegría y de júbilo que es una invitación a la esperanza. Vendrán días de alegría y de curación. Esta restauración y salvación comienza con Jesucristo y con la buena noticia que su nacimiento nos trae.

 

SALMO RESPONSORIAL: Sal 146, 6-10

R/ VEN, SEÑOR, A SALVARNOS 1.

  1. Dios, que mantiene siempre su fidelidad,
    hace justicia a los oprimidos
    Proporciona su pan a los hambrientos.
    El señor deja libres a los presos. R/
     
  2. El Señor da la vista a los ciegos,
    El Señor endereza a los encorvados
    El señor ama a los justos;
    Da el Señor protección al forastero. R/
     
  3. Reanima al huérfano y a la viuda,
    mas desvía el camino de los malvados.
    El Señor reina por siempre,
    Tu Dios, Sión, de generación en generación. R/

 

SEGUNDA LECTURA: Sant 5: 7-10

El apóstol Santiago nos exhorta a la espera paciente y perseverante. Así como el buen campesino espera el sol y la lluvia, así también el cristiano espera gozoso y con fe que se haga plenamente realidad el mundo nuevo que comenzó en Jesucristo. Nos abre a la esperanza y mientras vamos haciéndola realidad, nos hace falta paciencia y firmeza.

 

ALELUYA: Is 61: 1 (Lc: 4:8)

Aleluya, aleluya. El Espíritu del Señor está sobre mí; me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres. Aleluya!

 

EVANGELIO SEGÚN SAN MATERO: Mt 11: 2-11

Las obras que realiza Jesús nos demuestran que es el Salvador. Del mismo modo nosotros debemos predicar al Señor ayudando a la gente, luchando para que cada persona sea un poco más feliz, amando a los demás como Jesús los ama.

 

EL QUE HABIA DE VENIR

Tercer Domingo de Adviento (A).

 

Para ayudarnos en nuestra preparación para dar la bienvenida al Niño Dios, la liturgia de hoy nos ofrece materia para meditar quién es Él, y quiénes somos nosotros. La primera lectura está tomada del Profeta Isaías, el profeta que nos trasmite la consolación de Dios. ¿De qué consolación se trata? De una consolación radical que va a sanar de raíz nuestro mal más radical. El pecado de Adán y Eva y su expulsión del paraíso se hacen historia en el pecado de Israel, que lo expulsa al destierro, e interpone el desierto entre el país del destierro y la tierra prometida. El desierto parece ser el símbolo de toda esa tragedia. Espinas y abrojos muestran la esterilidad de la tierra, y la esterilidad de la tierra es reflejo de la esterilidad de las vidas del Pueblo Elegido. Ellos perdieron la patria, y la cambiaron por el desierto del destierro.

 

Todo esto no es sólo un hecho histórico de un pasado muy distante. La semilla que produjo la esterilidad de las vidas reflejadas en el desierto es la semilla de la pecaminosidad, que sigue actuante en nosotros, y tiende a hacer de nuestros corazones y de nuestras vidas estériles desiertos. El trabajo de la gracia en nosotros nos hace reconocernos a nosotros mismos como pecadores, y eso ya es preparación para recibir la consolación divina. Esa consolación que nos anuncia Isaías de parte de Dios es que Dios mismo viene a hacer un paraíso de nuestro desierto interior. Y ¿qué quiere decir esa imagen? Quiere decir que viene Dios mismo a hacernos un corazón nuevo: a darnos ojos nuevos que tienen una nueva manera de ver, oídos nuevos con una nueva apertura para escuchar, y eso hace posible una nueva manera de sentir, de pensar, de vivir.

 

Y ¿qué descubriremos con ese corazón nuevo? Descubriremos nuevos horizontes. Nuestros hermanos mayores, los miembros del Pueblo Elegido, recibieron la palabra de Dios, por medio de los profetas. Pero ahora el profeta Isaías anuncia la venida de la Palabra de Dios hecha hombre. Comparada con la Palabra que viene, las palabras de los profetas no serán más que balbuceos. La Palabra nos ayudará a interpretarlos en su sentido más profundo. El Pueblo Elegido recibió de Dios la Ley. Pero ellos no sólo no la pudieron cumplir, sino que fue ocasión de que se ensoberbecieran, hasta el grado de rechazar a los profetas que querían ayudarles a vivir según la Ley.

 

Cuando llegue la Palabra hecha hombre, transformará definitivamente la enseñanza de los profetas. Sacará a la luz del día algo que ya se encontraba en la vida del Pueblo, pero que no ocupaba el lugar que le correspondía en su manera de pensar. Y ese algo es la fe, que viene ahora a ocupar un papel central en la vida de quien recibe la revelación. El hombre que es también la Palabra del Padre Celestial, viene, pues, a poner la fe en el centro de la vida. Hay dos razones para eso: La primera es que desde el principio, desde tiempos de Abrahán, la fe es la única puerta para entrar en el país que es la revelación de Dios. Abrahán, Moisés, los profetas y todo el Pueblo de Dios podían entrar en ese país sólo a través de la puerta que es la fe. La segunda razón no es menos importante. Porque la fe no es sólo la puerta para entrar en el país de la revelación de Dios, sino que además contiene en sí misma todo lo que Dios es, todo lo que Dios puede revelar. Y la estrategia de Dios para revelársenos a sí mismo fue enviarnos a su Hijo. La conclusión de todo esto es que como la fe habita en nosotros, el contenido de la fe que es el Hijo de Dios, también habita en nosotros, de suerte que nuestra vida está vivificada por dentro por la vida del Señor. “Ya no vivo yo, dice san Pablo, es Cristo el que vive en mí” (Gal. 2,20).La consolación, pues, profetizada por el profeta Isaías, es que el desierto estéril que era nuestro corazón se convertirá en un paraíso en el que habita la divinidad. Es el Niño Dios quien nos trae esa consolación, y nos preparamos para recibir la gracia que significa su nacimiento.

 

La segunda lectura de la liturgia de hoy está tomada del la carta del Apóstol Santiago, quien nos exhorta a esperar con paciencia la venida del Señor. Y para él, esa “venida del Señor” se refiere, no a la fiesta litúrgica del nacimiento del Niño Dios, sino a su segunda venida, la del fin de los tiempos, cuando el tiempo termina y empieza la vida eterna. Así es como la Sagrada Escritura enriquece a la liturgia. Nosotros esperamos con gozo el nacimiento de nuestro Salvador. Es un gozo que nos alienta a tener paciencia frente a las dificultades, a vivir la vida cristiana en toda su riqueza, en la convicción de que vivir es vivir la vida de Dios en nosotros. Pero ese gozo y esa vida se encuentran en un gran contexto de esperanza; no sólo la esperanza que espera nuestro encuentro definitivo con el Señor después de la muerte, sino la esperanza que abarca todo el tiempo, que termina en la segunda venida del Señor. Así esperaron nuestros hermanos mayores. El profeta Isaías profetizó la Consolación de Dios que coincide con la venida del Niño Dios, y se interponen cinco siglos entre la profecía de Isaías y el nacimiento del Niño en Belén. La esperanza en Isaías preparó ese nacimiento. Así queremos esperar nosotros. Nuestra esperanza, virtud teologal infusa por el Espíritu Santo en nuestros corazones, santifica el tiempo que corre entre las promesas divinas y su realización.

 

Por último, el evangelio de hoy nos enseña que a veces experimentamos una dolorosa colisión entre las promesas de Dios y la realización que nosotros esperamos. San Juan Bautista esperaba a un Mesías que lanzaría truenos y relámpagos contra los pecadores. Y se encuentra con un Mesías que es un Pastor con olor de oveja, que da la bienvenida a los pecadores, que come con ellos, que se deja tocar por una mujer de mala vida, que elige como apóstol suyo a quien el pueblo considera como pecador. Una imagen que brotó de la manera de pensar y sentir del Bautista se interponía ente el Mesías que él había anunciado y el Mesías genuino, el Mesías verdadero, el Mesías que encarnaba la misericordia de Dios. Que el santo precursor del Señor interceda por nosotros para que se aparten de nuestra imaginación y de nuestros sentimientos todas las imágenes que se interpongan entre las promesas de Dios y la realización de esas promesas, entre el reino de Dios que Dios mismo quiere realizar, y el reino de Dios que esperamos nosotros.

 

J.E. Pérez Valera S.J.

 

 
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