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Oyentes Y Testigos

Éste es el segundo milagro realizado en tierra pagana: Jesús cura a un sordomudo. El relato es paralelo al del ciego de Betsaida: El mismo apartamiento, la insalivación, imposición de manos, prohibición de comunicarlo, la misma proclamación de los amigos que habían llevado al enfermo. Están perfectamente señalados los tres tiempos habituales en la narración de milagros: situación del enfermo, curación por Jesús y reacción de la gente.

 

Con esta sanación Jesús manifiesta que la salvación mesiánica sigue actuando más allá de las fronteras de Israel. El milagro confirma la llegada de los tiempos mesiánicos, ya que se cumple la profecía de Isaías en la que anunciaba que los mudos gritarían de alegría (Is 35,6); es uno de los signos que Jesús da al Bautista para que reconozca su identidad (Mt 11,5).


Del enfermo sólo se dice que era sordomudo. No se menciona, como otras veces, su fe mediante palabras y gestos, si bien es cierto que, tratándose de un sordomudo, se explica su pasividad. La fe la demuestran los que se lo presentan para que le imponga las manos. La curación comprende un ritual mas minucioso que otras veces, con una atención muy personal de Jesús al enfermo: “Apartándolo de la gente, le metió los dedos en los oídos, y con la saliva le tocó la lengua”. A la saliva se le atribuía propiedades curativas.

El sordomudo que cura Jesús simboliza al hombre que fue psicológicamente sordo y mudo, que, en cierta medida, somos todos. Con ello se quería indicar que sólo con la acción del Espíritu derramado por Jesús uno es capaz de abrirse para acoger la palabra de Dios y anunciarla a los demás. Tanto en la curación del ciego (Mc 8,23) como del sordomudo, Jesús los lleva “fuera” para que vean y oigan, porque es necesaria la ruptura con el ambiente; la multitud, en cuanto tal, es incapaz de ver y oír.

 

(Tomado del libro: “Jesús habla hoy”)

 

 

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